Los dedos de la mano parecían más, como 7 dedos en una muñeca. Sonaba encandilando sobre el teclado.
Y recordaba que él todo alto y grande corría por el patio verde en verano, y él lo perseguía, tan bajito y bonito gritando como si fuera un monstruo, y él corría de él para que no lo agarre y gritaba y pedía auxilio.
Y de repente empezaba a hablar mi amor, con un acento mas o menos francés, porque pronuncias la R con una G que enamora, se siente en el pecho. Y me caigo y me levanto y que absurdo pretender la recuperación sin la caída. Mi vida, y mas timelapse de estrellas que no hacen mas que seguir activando los lindos recuerdos. Y me reía como nadie lo hacía en ese momento. Y me acordaba de los ruidos que hacían en la terraza por el frío, y Orión y Júpiter y el cuento del señalador de la cruz del sur (la verdadera), y las boleadoras y el ñandú que se fue corriendo al cielo.
¡Y quién creerá en el zodiaco en este momento!
Y el planeta era pequeño, minúsculo. Y las nubes pasaban rápido y volvía a la imagen del viento del sur y mas nubes y más blanco y mas frío en la nariz. Y el abrazo a la cintura, y la mano sosteniendo el abrazo así no se acaba hasta que sea inevitable.
Y la gente comenzó a aplaudir, y ahí volví a mi lugar en esa silla en ese auditorio con esos músicos.



